Hay momentos en la vida en que uno empieza a irse. No con maletas ni portazos… A veces ni siquiera con palabras. Uno simplemente se va.

Me fui de un trabajo donde me sentía útil pero apagado. Me fui de vínculos donde solo se hablaba de lo mismo. Me fui de una casa que ya no sentía como hogar. Me fui de la urgencia de encajar, de la obligación de responder rápido, de la necesidad de estar para todos. Me fui de un par de lugares que alguna vez me abrazaron y que después empezaron a apretar.

Y no, no es porque sea desapegado. No es porque me haya vuelto un gurú del minimalismo emocional. Es porque cansa sostener algunas versiones de uno mismo… Es porque entendí que quedarme por costumbre también es una forma de huida.
Y que irse puede ser un acto de dignidad (cuando se hace a tiempo).

He estado más firme en mis decisiones que mucha gente que se quedó toda la vida en el mismo lugar que detesta. A veces irse es la única forma honesta de quedarse en uno mismo.

Hace poso vi la película “Nomadlandy me pegó como un recuerdo incómodo.
Porque ahí estaba: la libertad que duele, el silencio que arde, la soledad que no pide permiso. Una vida itinerante, no por moda, sino por necesidad de respirar.

No me interesa romantizar nada, irse también tiene un costo: se te enfrían los vínculos, te pierdes cumpleaños, cenas, abrazos. Pero hay algo más profundo: te recuperas.
Te vuelves a escuchar. Y cuando el mundo se calla un poco, escuchas nuevas voces.

No tengo una van ni subo frases a Instagram con una taza de café frente al amanecer. Lo mío ha sido más doméstico: renuncias sin escándalo, distancias sin drama, duelos chiquititos… Pero reales.

Y en medio de todo eso, sigo caminando. Sin GPS. Sin itinerario. Pero más liviano.


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