No lo digo con tristeza. Lo digo con la claridad que llega cuando uno mira hacia atrás y nota que ha estado dejando más cosas de lo que pensaba.

Perdí a mi padre.
Dejé mi trabajo de tiempo completo.
Dejé de hablar con algunas personas.
Ya no salgo corriendo temprano de mi departamento.
Ya no hay juntas masivas en mi casa.
Perdí un amor.
Me alejé de familiares.
Y podría seguir, pero no quiero hacer un inventario de pérdidas.

No se trata de eso.

Se trata de que, en medio de tanto soltar, me fui quedando conmigo. Y ahí empezó otra cosa.

Aparecieron distracciones, sí, como suele pasar cuando el silencio aprieta. Pero también apareció lo que permanece:

La relectura de mí mismo.

La escritura como espejo.

La lectura como entretención.

Mis clases como faro.

Y una cantidad absurda de pensamientos abstractos sobre el tiempo, el vínculo, el sentido, el cuerpo, la emoción, la ausencia, la verdad, lo no dicho, lo que fue y ya no es…

No sé muy bien cómo describir mi estado emocional actual. No hay una sola emoción que pueda aislar del resto. Alivio, tristeza, rabia, esperanza, incertidumbre… a veces todo al mismo tiempo.

Estoy habitándome. Sé que estoy viviendo algo importante.

Hay días que tengo nostalgia por las cosas que ya no están. Y otros en que agradezco que se hayan ido. No todo lo que se pierde era un tesoro. Y no todo lo que queda es una carga.

Si he aprendido algo este último tiempo es que perder no es solo quedarse sin. A veces perder es despejar. Y en ese espacio nuevo, aunque duela, hay algo parecido a un renacer.

Un renacer sin fuegos artificiales. Un renacer silencioso, lleno de preguntas, de pausas, de vacíos que no necesitan ser llenados. Solo habitados.


Descubre más desde Ratón Colilargo

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


Deja un comentario

Descubre más desde Ratón Colilargo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo