Hay días en que las relaciones son como una película mal dirigida:
Una persona entra en escena, se tropieza, se equivoca con su texto, arruina la escena, y en vez de asumir que olvidó su parte… te mira feo a ti… A ti, que ni siquiera tenías diálogo en esa escena, que solamente estabas ahí de fondo, y terminas con cara de “solo vine a ver cómo estás”… Y resulta que ahora eres el villano de la historia.
- “Tú nunca estás.»
- «Por tu culpa pasó esto.»
- «¿Y ahora quién me ayuda con esto?»
(Silencio pasivo-agresivo, el más letal de todos.)
Hay una forma muy sutil (y muy jodida) de manipular: disfrazar de amor lo que en verdad es control:
Culparte no directamente, sino con cara de víctima. Pedir ayuda no como un acto de ternura, sino como estrategia emocional de chantaje. Reclamarte distancia sin hacerse cargo del propio abandono.
Y claro… a veces, uno se lo traga. Se pregunta si quizás sí fue culpa mía. Si tal vez yo debí estar más pendiente. Si a lo mejor soy demasiado duro. Porque claro, el que se cuestiona todo es fácil de manejar.
Hoy no me voy a quedar tragando culpas de otros. No voy a seguir traduciendo la irresponsabilidad de otros.
Porque hay algo de dignidad en saber cuándo no entrar al juego. Y hay algo de amor propio en decir: «Esto que me lanzaste… no es mío. Devuélvelo a tu inventario emocional.»
A veces las relaciones se vuelven tóxicas no por lo que decimos, sino por lo que dejamos pasar… Y cuando aprendes a ver el juego (cuando dejas de ser el chivo expiatorio de alguien más), hay algo que se quiebra… Pero también algo que nace.
Una nueva forma de estar: más despierto, más justo, más libre.
Menos culpable.
Más tú.

